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Historia

Los orígenes del municipio son inciertos. Una muestra importante de su pasado se testimonia hoy en el poblado ibérico de El Puig de la Misericordia, en el que se han encontrado importantes vestigios del paso del hombre durante el siglo VI a. C. Sin embargo, su historia escrita más antigua se remonta a 1233, fecha en que la alquería musulmana Beni-Al-Arús fue conquistada y cristianizada por el rey Jaume I. En 1241 se concedía la Carta de población al señor Grinyó Ballester y a otros cincuenta pobladores, se reconoció a Vinaròs como ciudad y dejó de pertenecer al castillo de Peñíscola.

Durante siglos, Vinaròs fue blanco de piratas berberiscos, por ello, al igual que en el resto de la costa valenciana, la ciudad cuenta con torres de vigilancia y atalayas, con la función de avisar a la población en caso de peligro. Una de ellas, denominada popularmente “Torreta de los Moros”, se halla actualmente en ruinas; otra, la torre de Sòl de Riu, forma parte de una vivienda privada junto a la desembocadura del río Sénia. El conjunto de la Iglesia de la Asunción, ubicada en la Plaza del Ayuntamiento se construyó con la doble finalidad de atender los actos religiosos y, a su vez, como fortaleza defensiva. La construcción mantiene el camino de ronda, y la torre campanario, desde donde se podía controlar los ataques por mar. Durante los siglos XVI y XVII el puerto de Vinaròs fue uno de los más importantes del Mediterráneo. Un hecho histórico lo demuestra, puesto que en 1609, la población musulmana, fue expulsada a través de los puertos más importantes del Mediterráneo español, entre los cuales se encontraba Vinaròs.

Las condiciones climáticas y geográficas de esta localidad han hecho de ella una potencia económica desde siglos atrás. En el siglo XVIII el comercio de vinos supuso una de las mayores fuentes de riqueza de la población, ya que los viñedos eran abundantes y prolíficos. Tal fue la relevancia comercial y portuaria de la ciudad que Vinaròs contó incluso con la presencia de sedes consulares de Italia o Francia, entre otros. Sin embargo, esta prometedora actividad sólo perduró hasta finales del siglo XIX, cuando la enfermedad de la filoxera causó graves pérdidas y los viñedos fueron sustituidos por algarrobos, olivos, almendros y, más tarde, por campos de naranjos. Actualmente aquella fuerte recesión provocada por la crisis en el comercio del vino y aguardiente, ha sido superada por la producción hortofrutícola, la pesca, la industria del mueble y de la madera y por el sector servicios, destacando la actividad turística. Hoy en día, la industria energética juega también un papel importante.